martes, 13 de septiembre de 2016

MI DERECHO A TENER COMPLEJOS

Hoy voy a pedirme postre. Un delicioso coulant de chocolate. Se me hace la boca agua solo con pensar en él. Llega el postre. Lo miro y me deleito. Cojo la cuchara, combino un pedazito de chocolate caliente con helado de vainilla y me lo meto en la boca. Hoy me he pedido postre porque es sábado por la noche, estoy de vacaciones, en un buen restaurante, acompañada de mi pareja, y me salto la dieta. Hago una excepción.

“¿Dieta?” Me dicen algunos. “Pero si estás delgada. A ti no te hace falta." Por lo visto, una solo debe hacer dieta cuando tiene sobrepeso. Como estoy en mi peso ideal, ya no es necesario que cuide mi alimentación. Debo despreocuparme de lo que coma. Según algunos debería comerme un postre siempre que me apeteciera y no mirar calorías.

Pues no, señores. No pienso hacer eso. Sé que no soy perfecta. Sé que nunca voy a tener el cuerpo de una modelo. Pero me gusta cuidarme. Parece que ahora una debe aceptarse tal y como es, con todos sus defectos. Y, encima, los tiene que mostrar, en un alarde de presunción que no comprendo.

A esa chica gordita del bañador verde que circula por la red desde hace unos meses, le diría que aparte de aceptarse (que está muy bien) que también intentara cambiar. Le han aconsejado que no tape sus defectos, que muestre sin complejos su barriga gorda, su celulitis, sus estrías y su flacidez. Yo la invito a que use pareos en la playa, a que utilice los brazos para tapar su barriga cuando está sentada y a que no se ponga shorts que muestren su celulitis. Se sentirá mucho más cómoda y, además, no nos engañemos; no es bonito, no es agradable y, por encima de todo, no son síntomas de buena salud. Algunos me contestaréis que la delgadez extrema tampoco es bella ni sana. Por supuesto, tampoco lo es.

También hablaría con los padres de la chica del bañador verde y les recriminaría el tipo de alimentación que deben haberle dado para que con dieciséis años tenga sobrepeso y celulitis. Hablaría con ella y le diría que no tiene que ser perfecta, que no tiene que seguir los cánones de belleza establecidos y, por supuesto, que ni siquiera lo intente, porque nunca lo va a conseguir. Pero también le diría que empezara a cuidarse, que hiciera deporte, que comiera sano y que se comprara una crema anticelulítica. Y, sobre todo, le diría que tiene derecho a tener complejos, a cambiar y a querer ser mejor.

Creo que es nuestro deber mostrar la mejor imagen de nosotros mismos. Debemos aceptarnos (y os lo dice alguien que durante años dejó de ir a la playa debido a sus complejos). Ahora eso ya está superado. Sé que no pudo ser perfecta ni pretendo serlo. Pero me siento con la obligación de cuidar mi imagen y parecerme a lo que me gustaría ser. Disfruto de ese camino hacia la perfección inalcanzable. Disfruto comiendo sano y haciendo deporte. Y me parece que la idea que nos venden actualmente de que nos aceptemos tal y como somos no es la acertada. No puedo disfrutar de la dejadez, la fealdad, la mala alimentación y la obesidad. Me seguiré cuidando y haré excepciones durante los momentos especiales para seguir disfrutando de un buen coulant de chocolate.


domingo, 3 de abril de 2016

MI VENTANA MÁGICA

Tengo un objeto mágico con el que nunca podría haber soñado. Es una ventana a través de la cual puedo hablar con todos mis seres queridos, los que viven en mi casa y los que están a miles de kilómetros, puedo acceder a toda la información del mundo; fechas, datos, diccionarios, libros, fotografías, videos, música… No hay nada que haya querido buscar y no haya podido encontrar. Ese objeto es muy pequeño, cabe en mi bolsillo. Es mi móvil.

Escucho y leo muchas críticas sobre el abuso del uso del móvil. Por las redes sociales pululan fotografías de jóvenes reunidos, parejas cenando o gente en el metro, que están absortos mirando su móvil. Y algunos se echan las manos a la cabeza y se quejan de que la gente ya no nos miramos a la cara, que ya no sabemos vivir sin el móvil, que ya no sabemos relacionarnos.

¿No saber relacionarse es escribirle un mensaje a tu pareja nada más sales del trabajo para anunciarle que ya llegas a casa? Qué pretende la gente, que me ponga a hablar con la persona que tengo al lado en el metro y con la que solo voy a coincidir durante tres paradas y le cuente las mismas cosas que le puedo contar por Whatsapp a mi mejor amiga.

Cuando se critica que parecemos sonámbulos cuando miramos el móvil, he de recordar que no estamos absortos mirando una piedra, estamos ante una ventana. Podemos estar hablando con un familiar, leyendo el periódico, mirando las fotos que un amigo ha colgado en su Facebook de sus últimas vacaciones.

¿Por qué hay gente que se empeña en criticar el gran adelanto que han supuesto, por ejemplo, las redes sociales? Una red social como Facebook te permite seguir en contacto con gente que ha pasado por tu vida, pero que ya no están tan cerca. Compañeros de colegio, de trabajo, amigos en el extranjero, familiares a los que no puedes ver con toda la frecuencia que querrías. Ya no es necesario escribir un largo email contándoles cómo te va y preguntándoles por su vida. Simplemente un “me gusta” de vez en cuando en una de sus fotos, un pequeño comentario, una felicitación por el cumpleaños. No se tarda nada y significa mucho. Significa un “estoy aquí”, “me acuerdo de ti”, “me alegro de que te vaya bien”.

De hecho, no solo estoy a favor del uso de los móviles, Internet y de las redes sociales, sino que me parece mal que la gente no los use. Cuando alguien me dice “yo paso de Facebook”, no me gusta. O tienen la suerte de tener a todos sus seres queridos cerca y de verlos con frecuencia o significa que no les importa mantener el contacto con nadie.

Por mi parte, voy a seguir escribiéndole un mensaje a mi pareja cuando salga del trabajo, a mirar las fotos de mis amigos en Facebook y a leer el periódico digital. No voy a hablar con la persona que tengo al lado en el metro. Me concentraré en estar en contacto con la gente que verdaderamente me importa. Podré parecer absorta, pero simplemente estoy asomada a una ventana mágica. 

viernes, 22 de enero de 2016

DON QUIJOTE, ESE LOCO BONDADOSO

Un póster de Don Quijote de la Mancha me indica que acabo de entrar en el hospital psiquiátrico. El dibujo muestra a un Don Quijote armado, montado sobre Rocinante y en posición desafiante con su lanza. A su alrededor, diversos cuadros de texto explican sus patologías: delirios visuales, esquizofrenia, manía persecutoria y delirios de grandeza, entre otros. Es como si todas las enfermedades mentales pudieran estar recogidas en una sola persona.

Los primeros dibujos que vi de Don Quijote estaban en un cómic infantil. Es un libro que ha estado desde siempre en mi casa. Probablemente, empecé a hojearlo incluso antes de saber leer. Hoy he vuelto a él, para que sus imágenes me devolvieran recuerdos pasados. Me he reído al ver la ilustración de los encantadores que torturaban a Don Quijote, pues recuerdo que de pequeña les tenía mucho miedo. Sabía la página en la que aparecían y la pasaba con prisas para no encontrarme con ellos. El primer sentimiento hacia el Quijote fue de admiración, lo consideraba alguien muy valiente por enfrentarse a esos terribles encantadores. Desde mi visión infantil, yo creía en el Quijote, un verdadero caballero andante. Ese sentimiento de admiración por la valentía de Don Quijote ya nunca ha desaparecido.

Con el paso de los años, a la admiración se unió la envidia. Envidia por ser capaz de dejarlo todo, creer en uno mismo, cambiar de nombre, mudarse de ropa e irse a vivir aventuras por el mundo. Ese ideal romántico de alguien que se arma caballero “para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos”[1] siempre contará con mi admiración.

Me explicaron que Don Quijote estaba loco. Y yo pensé que qué más daba. Don Quijote es alguien que abandona la comodidad de su hogar, su plato caliente y su vida tranquila para hacer justicia con los más débiles y desfavorecidos. ¿No es eso digno de admiración? Su compañero de aventuras Sancho Panza, a pesar de haber sido testigo de todas sus locuras, opina de él que “no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna: un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esa sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga”.[2]

Cervantes nos presenta a un loco, a un loco lleno de bondad. Loco idealista que sueña con volver a una época pasada donde los caballeros andantes defienden las causas nobles. Cervantes debía de conocer cuáles eran los síntomas y las causas de la locura, pues los que nos hemos tenido que enfrentar a la locura de alguien cercano a nosotros, no dejamos de ver similitudes en la forma de actuar de Don Quijote. “En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio.”[3] Falta de sueño, obsesión y lectura compulsiva. Las mismas causas que desencadenaron después la enfermedad en mi familiar. Su locura se parecía tanto. Locura por hacer justicia, por defender a los más desfavorecidos, por atacar la corrupción política. Delirio de grandeza al creerse alguien especial que podría con todo y contra todos. Creo que el familiar que fui a visitar al hospital psiquiátrico podría protagonizar el Don Quijote que Cervantes escribiría hoy en día.

Y lo que más me gusta del personaje que nos dio a conocer Cervantes es que presentó al mundo al loco bondadoso. Con frecuencia, se tiende a relacionar la locura con la maldad. Cuántas veces hemos oído decir: “¡Es un loco que ha matado a su mujer!” o “Los terroristas esos están todos locos”. Desde la enfermedad de mi familiar, he modificado mi lenguaje. Me niego a justificar esos actos mediante la enfermedad mental: el que mata a su mujer es un ser malvado y los que cometen atentados son seres malvados. No son locos. Parece que la locura es una forma que utilizamos para evitar hablar de la maldad humana, para hacernos creer que hay cosas que suceden por un desajuste en el cerebro. Y no, la maldad humana existe.

¿Qué pasaría si alguien se creyera caballero andante en pleno siglo XXI? Su familia recurriría a la policía para que fueran a buscarlo, lo encerrarían en un psiquiátrico y lo primero que le harían sería medicarlo y hacerle una cura de sueño. Eso fue lo que hicieron con mi familiar y poco a poco se fue recuperando. Don Quijote también recupera la cordura mediante el sueño, después de seis días en la cama y tras unas fiebres altas, vuelve a ser Alonso Quijano. No solo es Alonso Quijano, le acompaña su epíteto: “Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quienes mis costumbres me dieron el renombre de Bueno”[4]. Y todos lloran la muerte de Don Quijote porque “en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no solo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuanto le conocían”.[5]

Por eso, preside la entrada al hospital psiquiátrico. Los enfermos se sienten bien cuando su locura se compara con la de Don Quijote. Porque ser comparado con una persona –y digo persona porque Don Quijote es casi más real que nosotros- que es admirada, alabada y querida por todos a pesar de su locura o, mejor dicho, a causa de su locura, es un honor.




[1] Cervantes, Don Quijote de la Mancha. Introducción de Felipe B. Pedraza, Madrid, Algaba, 2004. Pág. 125.
[2] Ibídem, pág. 613
[3] Ibídem, pág. 66
[4] Ibídem, pág. 1032
[5] Ibidem, pág. 1033

jueves, 13 de agosto de 2015

¿POR QUÉ ME GUSTA LA LITERATURA?

Paseo entre las estanterías repletas de libros de la biblioteca. Sus tomos me gritan, me susurran, desean lanzarse hacia mí para que los lea. Pero solo puedo elegir unos pocos. Me siento triste de no poder cogerlos todos, de saber que el tiempo es limitado y que una vida no será suficiente para leerlos todos.

Salgo de la biblioteca y me siento en un banco al sol para conocer a los elegidos. Acaricio sus tapas, hojeo sus páginas y leo alguna frase suelta. ¿Por qué me emociono tanto? ¿Por qué me gusta tanto leer?

La lectura es algo más que un rato de entretenimiento. La lectura teje un hilo invisible que atraviesa culturas lejanas, mundos imaginarios, situaciones alejadas de nuestra cotidianidad, y sobre todo, nos ayuda a empatizar con los demás; mediante la lectura se viven otras vidas y se comprende mejor a las personas.

La literatura nos ayuda a entender quiénes somos. Las cosas que eran importantes hace quinientos años siguen siendo importantes hoy en día. Todas las grandezas y bajezas del ser humano están reflejadas en la literatura.


Yo leo para conectar con el mundo, para vivir más vidas de la que me ha tocado vivir, para entender mi pasado y mi presente, para asomarme por una esquina y ver cómo vivían los que vivieron antes que yo, para meterme en la mente y el corazón de otros seres. 

viernes, 19 de junio de 2015

¿QUÉ TRABAJO QUEREMOS?

Imagínate un trabajo donde tuvieras que destacar por encima de todos, donde, para conseguirlo, te dieran la oportunidad de robarle a tus compañeros sus herramientas de trabajo, donde tus jefes te hablaran sin respeto, menospreciaran tu trabajo, le pusieran un “pero” a todo lo que haces bien y se sintieran infinitamente superiores a ti. Todo esto lo pueden ver cada semana en el programa “MasterChef”. Qué sociedad nos espera cuando desde la televisión pública se fomenta un trato irrespetuoso de los jefes (o jurado) a los trabajadores (o concursantes). ¿Qué les costaría sonreír, recibirlos con otras posturas corporales, no hacer esos comentarios graciosos que no tienen ni pizca de gracia?

Claro es que después pienso que el programa existe porque cada año se presentan miles de aspirantes a concursar. 

viernes, 15 de mayo de 2015

VIAJAR EN EL TIEMPO

A muchos nos gustaría viajar en el tiempo. La fotografía es una forma de hacerlo. No puedo coger una máquina del tiempo y trasladarme cien años atrás, pero puedo observar fotografías, concentrarme en ellas e imaginar los colores, los movimientos y los olores que le faltan.

Hoy me han enseñado una fotografía de mi pueblo del año 1876. La gente se agrupa en torno a una ceremonia religiosa, donde se bendice la campana de la iglesia. Se ven muchos niños en la foto. Es inevitable que se me pase por la cabeza que toda esa gente ya está muerta y seguramente enterrada en el cementerio municipal. Hace 139 años que alguien tomo esa foto, imposible que quede alguien vivo.

Hace menos de dos semanas fui a visitar a mi familia al pueblo. Estuve en esa misma plaza de la iglesia, en un evento importante al que acudió muchísima gente. Me pregunto si alguien dentro de 139 años observa una foto de ese día y se le remueven las mismas cosas que a mí. Seguramente, en la foto de 1876 hay algún antepasado mío. ¿Habrá descendientes míos observando una foto de mi presente? Sea como sea, algún día yo me iré, todas las personas que yo conozco se irán, pero la vida seguirá y nuevas personas ocuparán los espacios de los que nos fuimos. 

domingo, 29 de marzo de 2015

¿QUÉ SE PUEDE HACER?

Primero, te paraliza la noticia. Piensas en la horrible fatalidad que ha llevado a 150 personas a morir. ¿Qué pudo haber fallado? Piensas en cómo es posible que Dios permita que ocurran cosas así. Y, si el impacto no era suficiente, luego te enteras de que una persona ha decidido que esta tragedia ocurra. Ha sido una persona la que se ha quitado la vida y se ha llevado consigo las vidas del resto de pasajeros y tripulación.

Ya he leído las primeras declaraciones que explican que era un chico normal. Tantos pensamientos se cruzan por mi mente ahora mismo. Me pregunto si cualquiera de nosotros, en algún momento depresivo (que todos hemos tenido), habríamos sido capaces de hacer algo así. Me pregunto, si lo tenía planeado. Me pregunto, si realmente era consciente de lo que iba a hacer. Fue una matanza, pero una matanza impersonal. Sin mirar a los ojos a sus víctimas, sin agresividad, sin emplear fuerza, sin realizar ningún esfuerzo. Simplemente, accionando los mecanismos correspondientes de un aparato.

¿Qué se puede hacer para que algo así no vuelva a ocurrir? ¿Cómo impedir que gente de la que dependemos decida hacernos daño? El control médico no me parece suficiente. Solo creo que podremos acabar con este tipo de actos cuando conozcamos más a fondo el funcionamiento de la mente humana. Creo que lo único que se puede hacer es dedicar más tiempo y recursos a la investigación de enfermedades mentales. Solo conociendo más sobre nuestra mente, podremos evitar que ocurran estas cosas.